Cuento de Rodolfo Calderón Vivar

La Epifania by Rodolfo Calderón Vivar is licensed under a Creative Commons Atribución-No comercial-No Derivadas 2.5 México License.
-Papá…Papá – abrió la puerta con lentitud. Ella sabía que Carlos Othón Mendo estaba despierto. Quizás no había dormido toda la noche. Eran las ocho de la mañana. La claridad del sol pegaba sobre el cuarto donde el anciano parecía esperar y no. Detrás de Manuela Mendo, entró Herminia, muchacha enjuta pero fuerte, la que cuidaba del hombre todo el día.
- Tenemos que huir. Los del pueblo nos van a matar- dijo Carlos Othón. Apretujaba las manos sobre el pecho. Después, extendió los brazos, como si abrazara a alguien.
Manuela se acercó, le tocó el hombro. Sentía una extraña mezcla de amor y compasión por su padre reducido a ese extraño ritual de todos los días, en que se perdía en una serie de acontecimientos donde invocaba nombres e historias de antaño, recuerdos familiares, angustias pasajeras pero intensas que lo hacían temblar y vivir fuera del mundo real que lo rodeaba.
-No hay nadie, papá. Es un sueño. Despierta – dijo. Ella y Herminia, se colocaron al lado del viejo, que se quedó quieto y volteó a mirar a su hija. Sus cejas largas y canosas, sus uñas largas y gruesas y esa mirada de extrañeza matizaban el rostro del hombre, a sus 82 años, inerme ahí, en su cama, sin saber quien era, a veces, sin estar ahí, otras tantas, hundido en retazos de recuerdos , donde los ecos y voces de su familia venían a dar, de golpe, a su mente, de manera vívida, transformando su espíritu en el de otros, muertos y vivos, que le arrebataban la noción de su propio yo.
- ¿Estoy despierto o sueño?…¿Qué debo hacer?- murmuró y se dejó llevar por la fuerza de ambas mujeres que lo pusieron de pie.
-Vamos a caminar, papá…Tienes que ir al baño para que te laves la cara- la voz de Manuela era suave, con ese tono con el que se le habla a un niño. Eso ahora era su padre, que respondía con monosílabos, un no, un sí, otro no, sin resistencia, con una rebeldía atada a cadenas de mansedumbre. A no ser en las madrugadas que con gritos e insultos, lanzaba palabras hirientes contra su familia, que se le arremolinaban en el temblor de su labios resecos por la vigilia . El neurólogo decía que era una señal de la pérdida paulatina de su sistema de control social, ese que lo inhibió, en otras tantas ocasiones, de ser un mal hablado en su vida pasada.
Con una rigidez que encorvaba su cuerpo, se dejó llevar por las mujeres. La escalera era la parte más difícil. Manuela se ponía atrás de él y lo sostenía del brazo derecho, mientras Herminia iba un paso adelante, con la mano del viejo en el hombre, que se recargaba un poco, en un desplante de equilibrio cansado, triste. Peldaño tras peldaño, los tres constituían un eje atado por un equilibrio frágil pero a la vez fuertemente sostenido por la rutina diaria de subir y bajar esas escaleras.
Frente al espejo, su rostro agrietado se dejó humedecer por las manos de Manuela. Un poco de espuma de jabón se le resbaló en la mejilla. Tenía la mirada desierta. Su vida era un círculo envolvente que recorría Carlos Othón Mendo, transitando mares abominables, murmuraciones ocultas, episodios de otras épocas y variados mundos, cruzados en tiempos y espacios diferentes que solo existían en su gastada memoria. Pero nada de eso reflejaban sus ojos. Ahí no había brillo delator alguno de esas emociones que le agitaban el alma. Tenía la mirada desierta.
“Mire usted, Manuela, su cerebro ya no es normal. Se está volviendo más pequeño. Aquí hay incluso una mancha, puede ser un derrame, justo arriba del lóbulo derecho…¿Tuvo alguna caída o un golpe”, le dijo el neurólogo días antes, mientras veía la gráfica del ultrasonido. Así se enteró que mientras dormitaba el hombre se cayó del sillón pero Herminia no le había dicho nada. Furiosa, le preguntó: “Herminia, ¿se cayó mi papá en estos días?” Después de negarlo dos veces, la muchacha aceptó, con unos sollozos más por miedo a perder su trabajo que por remordimiento. De hecho, en el momento de la caída lo regañó con exasperantes gritos, mientras hacía fuerza para que el hombre se levantara del suelo. Luego le revisó cabeza. Justo entre la nuca y la oreja se levantaba un promontorio azulado que apenas si se veía entre los crecidos cabellos de Carlos Othón. Por eso no le dijo nada a su patrona. Ya ni se acordaba hasta que, dos semanas después, la furiosa pregunta de Manuela le devolvió el helado presagio de la culpa en su corazón.
Las dos mujeres sentaron al hombre en una silla del comedor. En el patio silbaba el ruiseñor de la jaula verde, junto a los tanques de gas.
-Alza la cabeza, papá – le dijo Manuela, preocupada porque el médico recomendó que el viejo hiciera ejercicio constante y que se le evitaran las malas posturas, pues el riesgo de la rigidez podía encorvarlo aún más.
¿Qué debo hacer ahora? No me acuerdo que debo hacer, hija – había un temblor en los labios mientras alzaba el rostro.El ruiseñor seguía silbando. Herminia estaba de pie, junto al hombre que miraba a Manuela Mendo con una actitud doblegada y triste. Tras los ventanales, la calle dejaba que lo autos devoraran el viento.
Caminaron algunos minutos alrededor de los muebles de la sala. Era una rutina esmerada pero triste. El hombre agachaba la cabeza y después la erguía, atento a la voz de su hija. Arrastraba las pantuflas y en la vuelta, cuando giraban nuevamente hacia el centro de la habitación, Herminia hacía un esfuerzo por no tropezar con la mesa de centro, en tanto Manuela decía : “Un poco más, papá. Te vas a poner bien, ya lo verás. No quiero verte engarrotado ni vencido. El ejercicio es lo mejor para tu circulación. Camina, papá, no te jorobes. Alza la cabeza” Herminia, aunque era una mujer joven y fuerte, se cansaba en cada repetición del camino, una y otra vez, atenazada por la tensión de no dejarse vencer por el cuerpo del anciano que se ladeaba un poco, recargando su pesadez sobre ella.
¿Por qué estaba ahí Herminia? ¿Por el sueldo que era bueno y suficiente para una mujer sola, venida de un pueblito de río arriba de la sierra, donde dejó arrumbados tres niños pequeños y una miseria calcinadora de anhelos que la hicieron huir a la ciudad? ¿O por qué ahora su familia prestada, la de su patrona, cobijaba su creencia de un porvenir que rompiera las raíces que la ataban a su lugar de origen? Soportaba el olor rancio del viejo como una ofrenda placentera para acallar sus remordimientos depositados en las fotos de sus hijos, que siempre contemplaba todas las noches, en el cuarto de la azotea donde dormía. En otras casas, se había dejado montar por algún patrón, ofreciendo el ansia enardecida de su vagina, acompañada de súplicas para que no se viniera en ella. Luego, con diligente dignidad de mujer cauta, corría hacia el baño para enjuagarse, limpiando en parte sus culpas, las del ayer y las de ese instante. Hoy, en su nueva casa, el hombre que ella cuidaba no siempre advertía su presencia femenina, ni miraba su rostro moreno, de esmirriados rasgos que embozaban su verdadera edad. Tenía treinta años, pero asemejaba una muchacha de veinte, cuando se reía a carcajadas, con ese brote aparejado de dientes blancos, era todavía más joven, y más aún si se agarraba de la cintura, justo arriba de sus caderas, echando para adelante su busto escaso.
Las ocho con treinta minutos. Sentado en la mesa, Carlos Othón sostiene la cuchara para llevarse a la boca el cereal con leche servido por Herminia. Cautelosamente, su mano equilibra el utensilio. Junto a él, Manuela, atenta, casi por irse al trabajo, espera los minutos suficientes para que el enfermo concluya su desayuno, un poco de ensalada con pan tostado, un vaso de leche y dos trozos de plátano. Después ambas mujeres lo pasan y acomodan en el baño, donde se sienta en un rústico sillón de madera habilitado con una bacinica de plástico. La idea fue del viejo contador de la empresa de Manuela. Se habían asustados con la posibilidad de que Carlos Othón se cayera nuevamente de la taza del inodoro.
Fue un adiós breve el de su hija. El reloj de la sala y su tic tac es lo único real para el hombre derrotado que comienza dormitarse en el reposet de la sala. Unas sombras, primero alejadas, después cercanas, se le van dibujando en los párpados cerrados. Respira con profundidad. Agacha el rostro. Hilaria ya no está cerca, pero tampoco él está en casa, sino camina por otro lugar. Las sombras van junto a él, una es la de un hombre de mediana estatura, tiene casi ochenta años, la otra es la de un muchacho de catorce años. Es su propia sombra. El día está soleado y calienta ya, a las diez de la mañana, los corredores de la Alameda de Santa Rosa. Junto a la estación de tren se divisa la tienda de campaña polvorienta en donde los hombres del quinto regimiento de caballería se acomiden a poner orden en la larga hilera de indios con calzón de manta que aguardan un lugar en las listas para irse de soldados. Un capitán de figura malhecha, con cara prieta y panza rebozante, ordena a gritos que nadie altere la fila, que respeten el orden, que no sean hijos de la chingada.
El paso de Anastacio es cansino. Joaquín, el muchacho, lo espera en lo alto de los rieles. Susurran los eucaliptos del parque y las risas de los sardos acompasan la rutinaria quietud de un pueblo yerto. Acaso una mujer, cubierta con un rebozo gris, se asoma por la la puerta de uno de los vagones del tren, agarrada de los tubos oxidados de la barandilla que resguarda la escalinata de metal. Otras mujeres están adentro del vagón. Son las soldaderas. Ellas ya están listas desde muy temprano. Sus manos ajadas y prestas repartieron el desayuno preparado en fogones calientacomales que armaron en los bordes de la Alameda. Son las que primero se suben al tren con sus hijos, gallinas amarradas, trasterío de cocina y trapos amarrados en cajas maltrechas. Ellas son siempre la retaguardia, las que primero sube al tren, pero la que a lo último siempre en el vagón esperan el retorno de sus maridos en cada una de las batallas.. Todo el convoy de fierro está a la espera que los nuevos miembros del regimiento se suban con los otros soldados, arriba de los vagones de carga donde van los caballos.
-Tu nombre, hijo’e puta, dice el capitán regordete.
-Joaquín Mendo- contesta el muchacho. Atrás de él, su padre apretuja el sombrero de palma y ve el desparpajo del militar que se rasca un cachete mal rasurado. Tiene ojos de temazate, piensa el viejo. El lenguaje brusco del gordo no le incomoda porque éste tiene una sonrisa tolerante. Atrás de una mesa de pino, otro soldado aguarda para escribir o no el nombre del nuevo alistado. Pocos son rechazados. No hay de otra. El General Guadalupe Sánchez tiene que llevar muchos hombres a México para justificar por qué es la mera ley en el estado de Veracruz. No importa que muchos de los nuevos no sepan montar, ya aprenderán en los primeros corrales de las garitas de le capital, donde van a acampar al otro día.
-Tas muy joven, mi’jo. Pero ya qué. ¿Tu edad, cabroncito?
- Catorce años. Pero se hacer de todo. Trabajé en los telares – No dijo que trabajó hasta que descubrieron que se robaba unas camisas, ocultadas bajo la chaqueta, como lo hacían también otros obreros. Ni mencionó que le habían dado 30 días encierro, de ida y vuelta, en la cárcel del pueblo. Estaba desempleado. Con necesidad de conseguir dinero para seguir viviendo junto con su padre. Alguien le dijo que los de la leva pagaban con oro. A cambio, tenía que irse a la revolución.
-Voy tú, voy tú. Aquí no hacemos telas para señoritas. Pero si te apuras, ya estarás destripando villistas. ¡Apúntalo, Gatica! Luego, muchachito, vete al cabuz del tren. Ahí te van a dar uniforme y cachucha…El que sigue.
Su nombre quedaregistrado en la lista. Voltea entonces a ver a su padre. Su rostro viejo pero sin una arrugas no podía ocultar, sin embargo, el paso de los años. Se ve pequeño y distinto a los demás muchachos de la fila.
- ¿Y tú qué, viejo? – espeta el capitán mofletudo.
-Yo también quiero irme con ustedes – Anastacio Mendo tiene casi ochenta años, es un indio de la mixteca oaxaqueña que dos años antes bajó con su parentela, diez hijos y sin mujer, para encontrar trabajo en Santa Rosa, donde la fábrica de telas, engullía y vomitaban diariamente a cientos de obreros, en turnos cíclicos marcados por el silbato de entrada y salida de sus tres turnos.
- Mis huevos, viejito. ¿A poco sabes lo que es la guerra?
- Se disparar muy bien, señor. Tengo buena puntería.
-Si, pero no. Hazte un lado, viejito. No chupes la sangre.
- Es que tengo que ir. Quiero acompañar a mi muchacho – el capitán ve al jovenzuelo que aún no camina en busca de su uniforme. Seguro espera que acepte a su padre. Se conduele un poco y le hace al taimado.
- Está bien, está bien. A ver, Quiñones. Dale un máuser al viejo. Dice que tiene buena puntería.
El soldado entrega su máuser a Anastacio Mendo y como lo ve titubear un poco se le acerca y le dice: “¿de veras sabes usar el rifle, abuelo?”
“Bueno, tiraba yo con mosquetón, pero no se parece a éste”, contesta y entonces Quiñones se lo prepara jalando el cerrojo.
El capitán Anaya, avispado y burlón, observa la maña de su soldado para ayudar al anciano. Lo deja hacer. Joaquín ve como su padre ya está en posición. Era cazador allá en Tataltepec, a un lado de Huajapan de León, y traía uno o dos conejos por semana, que se fueron escaseando al paso de los años que se le cargaron en la espalda. Entonces el hambre también entró por la puerta del jacal donde vivían y la primera en morir fue su madre. No tenían mas que tortillas duras y resecas que colgaban en lo alto del fogón y que él, junto con otro de sus hermanos, se robaban a escondidas, por las noches, para calmar la ansiedad de sus barrigas. Anastacio Mendo tuvo diez hijos, ocho hombres y dos mujeres, las mayores. Una vez muerta Filomena, su esposa, emprendió la caminata con todos ellos rumbo a Santa Rosa, cruzando veredas y barrancas cubiertas de musgo y bosques anieblados. Pidieron limosna y comida en las rancherías del camino y tres días después , desde lo alto del cerro de Necoxtla, pudieron contemplar la paulatina visión extendida del pueblo de Santa Rosa. Era el año 1911 y supo que había una revolución, porque en los siguientes años siete de sus hijos se desperdigaron, unos con los zapatistas, otros con los obregonistas, para no verlos jamás. Quedó Joaquín el más chico porque las dos muchachas, Eleuteria y Rosalía , también se fueron con soldados.
- Apúntale a esa piedra, viejito – señala el capitán mientras con un chiflido y un ademán despeja el área de un lechero y su burro que se habían detenido junto al paredón oriental de la estación del ferrocarril, justo atrás de la piedra indicada.
El sonido del disparo es como un trueno reventado muy cerca de los oídos de los hombres de la fila de alistamiento. Ellos ven como Anastacio Mendo recibe el impulso de la patada del máuser que lo tira de espaldas. Joaquín corre a levantarlo. La carcajada es casi generalizada. El capitán, sin reirse, se acerca a ellos. Levanta el máuser y contempla la piedra intacta, allá a lo lejos.
-Pa’su mecha. Ni le atinaste. Creo que no te vas con nosotros. Nomás te vas a estar cayendo en cada tiro. Estás muy viejo – dijo el capitán tocando el hombro de Anastacio, ahora sentado, junto a su hijo que le extiende la mano para que se incorpore totalmente, sintiendo una desazón que le aprieta bien adentro del pecho.
-Yo quería ir contigo, Joaquín, pero no se pudo.
-Vuelvo en un año, apá.
El viejo se quedó sentado en uno los sillones del corredor de la estación. Pasaron dos horas. Vio encaramarse a los soldados en el techo de los vagones. Después una escolta de oficiales se cuadró frente a un hombre erguido y distante, que supuso era Guadalupe Sánchez, que pasó muy cerca de él, y por uno segundos se le figuró que sus ojos de tigrillo lo miraban con desdén. El general y su comitiva de oficiales subió al único vagón de pasajeros del tren. Un jalón de metales duro que se extendió en toda la fila de carros, precedió al acompasado bufido de la máquina que se llevaba al último hijo que le quedaba. Alzó su mano para despedirse de un puñado de soldados morenos, sin distinguir si su hijo iba en esa bola. No veía ya lo suficiente para diferenciar, a la distancia, los rostros de la gente. Por eso había fallado, pensó. El ferrocarril fue emitiendo varios silbatazos lastimeros sonaron al cruzar lentamente por el pueblo. Después, solo quedó un eco que iba y venía del ruido del avance de las ruedas sobre los rieles. Anastacio Mendo permaneció ahí otro rato, era mediodía, de todas maneras a nadie le importaba si se iba o se quedaba en el sillón de la estación. Cuando se levantó y caminó hacia la alameda, tampoco tenían rumbo fijo sus pasos.
Dos años después, el regimiento cuarenta de caballería de Guadalupe Sánchez regresó a Santa Rosa, y Joaquín Mendo gastó todas sus horas de licencia buscando quien le diera razón de su padre. Julio, el peluquero que tenia su negocio frente al parque, fue quien, por las señas, supuso que Anastacio pudo haber sido el anciano que encontraron muerto apenas dos meses atrás, allá por el rumbo del camino al manantial. No había tumba donde rezar. Los del ayuntamiento lo habían echado a la fosa común.
La sombra lloraba para sus adentros, en tanto Carlos Othón se quería deshacer de ella. Estaba engarrotado otra vez. Abrió los ojos y vió de donde venían las sombras, de la puerta del patio, en la que aparecían ellos, Anastacio y Joaquín Mendo. Los dos ya muertos años atrás ¿Era una señal de que pronto él también tendría que morir?
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